Le miró a los ojos.
Podía sentir su aliento en los labios entreabiertos. Podía sentir cómo se le erizaba el vello de los brazos al acariciarlo. Los latidos de su corazón acelerándose por momentos, los músculos cada vez más tensos, sus manos apretándola contra su cuerpo.
Disfrutaba retirando lentamente la cabeza conforme él se iba acercando, viendo la impaciencia en su rostro, la necesidad de besarla en ese momento.
Y mientras le hacía esperar, pensaba en la embriagadora sensación del tacto de sus labios, dulces y carnosos; en cómo se paraba el mundo a su alrededor cuando le besaba, olvidando respirar por unos segundos.
Y él decidió no esperar más, soltó su cintura y acarició sus pómulos, tomando su nuca entre sus manos. Y la besó.
servido por endal
sin comentarios
compártelo
Abrió la puerta lentamente y dejó que la brisa abrazara su rostro.
Qué maravilloso aroma el de la sal de mar…Qué bellos colores los del atardecer.
Se sentó en el porche observando el vaivén de las olas. El momento perfecto para pensar, para relajarse.
Inspiró lentamente, mientras cerraba los ojos y se dejaba arrastrar por los recuerdos.
Esbozó una leve sonrisa y fijó la vista en el horizonte.
Los ladridos le devolvieron a la realidad, al tiempo que el perro cruzó su línea de visión; tras éste, sus dueños reían sus gracias. Sus miradas iban entrelazadas, sus corazones latían al unísono.
Decidió dejar de observarlos, concederles unos minutos de intimidad.
A lo lejos divisó varios coches abandonando la playa; familias regresando a los hogares, grupos de jóvenes disponiéndose a empezar la fiesta.
Al otro lado, el movimiento empezaba en el restaurante, se oía el ajetreo de los platos, el susurro de la organización; en pocos minutos todo estaría listo para complacer a los clientes.
Se estremeció, empezaba a refrescar.
Se disponía a ir en busca de abrigo cuando se encendieron las luces.
Sonrió de nuevo, y entró lentamente en el salón.
servido por endal
1 comentario
compártelo